
De mi libro de cuentos La voz en la mano
Treinta y un veces marzo, treinta veces abril; sesenta y un días esperando por él. Le dijo que iba a llegar un día de esos, entre el inicio o el fin de esos meses.
Durante los sesenta y un días, tomó la costumbre de sentarse en la acera, a la orilla de la calle para estar allí y verlo aparecer; para no perder ni un segundo. La mente se le iba entonces por infinitos vericuetos de una memoria fresca, de tantos años de alegrías, tristezas, enojos, decepciones. Es como dijo aquel amigo suyo: lo malo y lo bueno de la vida es que es tan diaria.
Recordaba la última noche que habían estado juntos viendo un partido de béisbol. Hasta en sus gustos se parecían.
— Me voy -le anunció que se marchaba-, este viaje es necesario, pero voy a regresar. No sé cuándo, pero algún día, como siempre lo hago.
La soda le supo amarga, el juego perdió interés y se lamentó por no haberle comentado sus planes. Una vez más le perdería y su temor de no recuperarlo volvió a angustiar su alma.
— No entiendo por qué tienes que irte así. Por esa costumbre tuya de aparecer y desaparecer nos has ido perdiendo uno a uno –respondió con un dejo de frustración.
— Ya sabes que soy un espíritu libre. Nunca he podido encerrarme en un solo lugar por mucho tiempo. Pero siempre podrás contar conmigo.
Y sin más explicaciones se fue otra vez. ¡Qué duro! Ocho años sin verlo aunque sabía que los dos se querrían a pesar de todo.
Dos meses atrás lo localizó, lo llamó y le pidió que viniera. Era definitivo, su vida iba a cambiar, el padecimiento que le diagnosticaron era degenerativo; poco a poco iba a perder su capacidad no sólo para realizar las labores físicas más elementales, sino que su sistema nervioso, esa maravilla de neuronas que la hacían ver, amar, llorar, apreciar las orquídeas de su jardín; escuchar a los pajarillos bañarse en el pocito de agua que se formaba al pie del arbolito de limón que, por el sólo hecho de ser cobijo en el invierno para las aves de los cielos vecinos, valía la pena su espacio en la tierra; también se irían desgastando más rápido de lo usual hasta sumirla en un futuro de nieblas y silencio.
El médico no pudo darle fechas, sólo aproximaciones, ya sabe usted, que estas cosas varían según factores que influyen en el desarrollo de la condición. Y ella había pensado cómo se puede decir tan poco con tantas palabras. Por eso lo llamó. Le urgía tenerlo cerca; como en sus pesadillas, le daba miedo la oscuridad.
En la acera, en su mente febril, presa de la zozobra, del temor a la enfermedad, de la incertidumbre, estalló su risa en la memoria de su risa, su voz en la memoria de su voz, vio sus manos reflejadas en sus manos.
Pero ya era treinta de abril, casi la medianoche, y no había llegado. Su alma se fue saturando de suspiros entrecortados, ni siquiera se convertían en auténtica respiración, sino que su cabeza estaba un tanto pesada; en su garganta se fue formando una bola invisible compuesta de angustia y agua salada, agua que se convertiría en lágrimas en sus ojos. No quiso mirar por enésima vez el reloj.
Se levantó, le dio la espalda a la calle y comenzó a caminar hacia la casa. En ese instante, a lo lejos, escuchó pasos; ese caminar característico la hizo girar en redondo. Corrió hacia él, sus lágrimas ya incontrolables, mezcla de alivio, regocijo y reproche, se desbordaron cual manantial inesperado en el desierto. El abrazo fue apretado, intenso; sus brazos colgando de su cuello, como antes; la misma fragancia, la misma sensación de seguridad. Era lo esperado, que él volviera, porque en los momentos más importantes de su vida, su padre siempre había estado con ella.
Erika Harris