En el funeral

Cuento de mi libro: La voz en la mano.

Uno detrás de otro. Incluso llegaste a pensar que era una epidemia;hasta que recordaste aquella conversación de tus abuelos. Ellos decían que acontece un momento de la vida en que la gente que es contemporánea con uno comienza a morirse como por encargo de tres en tres, por lo menos. Parecía absurdo, pero cuadraba muy bien con lo que estaba pasando de un mes para acá.Primero Lidia, con su larga cabellera negra; joven, por lo menos para ti que casi rozas los 50.  Te dio la impresión de estar dormida en ese ridículo ataúd rosa viejo. ¿A quién se le ocurre –comentaste con Álvaro- enterrar a una mujer como ella en una caja así, como de Cenicienta? Nadie supo contestar. Seguro lo decidió un romántico. Por tu obcecada costumbre de encontrar un porqué para todo, la explicación más sencilla nunca se te ocurrió: que tal vez era el único disponible.

Una semana después, te sorprendió la noticia de que Rodrigo, aquel vivaz empresario, había decidido terminar con su vida. Ya se daban los rumores de sus pérdidas después de lo de las Torres Gemelas. Pero te pasmó porque su temperamento no presagiaba una medida tan drástica, tan cobarde, según sus propias opiniones en las tertulias de café y pan dulce. En su funeral te sentiste agobiada; te molestó el sol, el calor y la obvia incomodidad de familiares y amigos.  Luego, no supiste si sonreír o bajar la cabeza cuando el cura preguntó, en plena misa, de qué había muerto el difunto.

Siete días, exactamente siete días después, se murió Marta. El cáncer fue fulminante y devastador. Se ensañó con ella al punto de que casi no la reconociste cuando miraste su faz, esta vez no como dormida, en el féretro. Y pensaste que si era cierto lo que decían tus abuelos, entonces la mala racha de muertes y entierros había terminado. Ya iban tres.

Pero, como suele suceder con las imprecisiones y rebeldías humanas, que no obedecen a refranes, sugestiones o deseos escondidos, murió Alfonso. Ése te dolió aún más.  Era tu amigo de años y años, de risas y llantos, de viajes y encierros, de comidas y dietas. Lloraste en el servicio fúnebre tanto como en el de tu padre. Viste su rostro y sus grandes ojos mirándote desde las caritas serias de sus tres hijos. Qué vida desgraciada, musitaste entre dientes. Y lloraste lágrimas atrasadas de muertes viejas.

Ahora las cosas volvían a su lugar. Así como un río después de un desbordamiento fenomenal se calma y regresa a su cauce, las muertes se detuvieron. No te llegaron más noticias de lutos, pésames o carrozas en marcha lenta hacia el cementerio.

Por eso te deprime tener que estar una vez más aquí, en la misma iglesia, con la misma gente.  No deja de asombrarte la infinita capacidad del ser humano para obtener tantas variedades del morado y ponérselas todas en los funerales.  También hay amigos vestidos de negro, de blanco y de gris. Te divierte ver a Vilma de rojo; de ella no se podría esperar otra cosa; y no es sedición, es simple despiste.

Lo que más te llama la atención es ver a Ricardo. Tantos años amándolo y ahora está aquí, llorando en silencio. Se nota que él sí la amó. Si no fuera así, no se moverían convulsos sus hombros; sus ojos no denotarían el cansancio bermejo del llanto prolongado. Quieres acercártele, expresarle tu amor de siempre y decirle que te hubiera gustado que te amara así; con esa pasión que se observa contenida, pugnando por no salir a flote, por no denunciarse en público. ¡Qué afortunada ella!

Y tomas la determinación. Ahora que está parado frente a la urna, te vas a acercar y le vas a hablar después de tanto tiempo. Te conmueve la ternura de su gesto al pasar la mano por el féretro.  Lo llamas por su nombre, pero te ignora; no entiendes por qué no te contesta. Entonces miras hacia donde se concentra su mirada. Y te atrapa la sorpresa. Sí, es a ti a quien ve, a ti que yaces con tus párpados cerrados, a ti que no puedes mover tus manos que sostienen tu pequeña Biblia blanca.  Es a ti a quien le habla a través del cristal.

Erika Harris